FRAY JERÓNIMO DE VILLACARRILLO,
EVANGELIZADOR DEL PERÚ EN EL SIGLO XVI

          De vez en cuando, las bibliotecas y los archivos, esos sagrados recintos del saber, nos sorprenden por los datos curiosos que nos pueden aportar. La biblioteca del Seminario Diocesano de Jaén, en donde imparto la docencia, alberga el mejor fondo de libros antiguos de las bibliotecas de la provincia de Jaén. Además posee un elevado número de libros y está suscrita a las mejores revistas de investigación teológica. A partir de la lectura de una de estas revistas de teología publicada por la provincia franciscana de Cartagena denominada «Carthaginensia», en su número 19, he podido conocer la existencia de un ilustre paisano nuestro del siglo XVI. Se trata de fray Jerónimo de Villacarrillo y con este nombre es como aparece en todos los documentos de los archivos de la orden franciscana. El historiador Luis Carlos Mantilla, autor del artículo, ha profundizado en los escasos datos biográficos que poseemos de este ilustre villacarrillense. Este historiador dice de fray Jerónimo que fue «hijo de la seráfica provincia de Cartagena en España, fue uno de sus más egregios varones que vinieron a América a poner la piedra sillar de su evangelización, pero sin que su timbre de honor radique solamente en el hecho de hallarse entre los pioneros de semejante ímproba tarea, sino que su nombre y sus acciones aparecen contraseñadas de tal manera con el sello de un genuino humanismo cristiano, que por ello mismo hoy pueden ser presentadas como paradigma de la nueva evangelización».


Frailes franciscanos
Ilustración de un antiguo códice


FRANCISCANOS EN VILLACARRILLO

          La existencia de los hijos de San Francisco en nuestro pueblo está atestiguada por el sacerdote villacarrillense Fernando Alonso Escudero de la Torre. En su historia sobre el santuario del Cristo de la Vera-Cruz de nuestra localidad nos dice que después de numerosas y complicadas gestiones los franciscanos abrieron un convento en Villacarrillo el 15 de enero de 1667. Este convento se situó junto al santuario del Cristo de la Vera-Cruz y tendría como especial misión velar por su mantenimiento y decoro. Su primer superior fue fray Bartolomé del Pulgar y recibió la posesión del doctor Juan de Morianas, prior de la iglesia de la Santa Cruz de Baeza y catedrático de Sagrada Escritura en su universidad. El establecimiento de este convento franciscano en Villacarrillo supuso la consecución de las aspiraciones de los habitantes de la villa que en reiteradas ocasiones pidieron que los religiosos fueran los custodios de la venerada imagen del Cristo de la Vera-Cruz. En agradecimiento a los religiosos, el concejo se comprometió a aportarles anualmente cien ducados. Según el historiador Escudero de la Torre, los donativos de los vecinos de Villacarrillo fueron tan abundantes que en poco tiempo se construyó un convento con todas las dependencias, celdas para 20 hermanos y un amplio huerto. Los religiosos obtuvieron el cariño de los villacarrillenses tanto por «su ejemplar virtud como por el celo con el que acuden y asisten a las necesidades espirituales, no solo de los vecinos sino también de la comarca». Este hermoso convento franciscano del Santo Cristo de Villacarrillo fue destrozado en la invasión napoleónica y lo poco que quedó, parece que se acabó de destruir con las políticas de la desamortización. Afortunadamente la creación a finales del siglo pasado de una nueva Parroquia en Villacarrillo con el nombre de San Francisco de Asís viene a ser un recuerdo perenne de la existencia de estos humildes religiosos franciscanos en nuestro pueblo.


FRAY JERÓNIMO, «VENERABLE Y SANTO PRELADO »

          En el artículo de la revista «Carthaginensia» aparecen escasos datos sobre nuestro paisano fray Jerónimo, que en el siglo anterior a la presencia de los franciscanos en Villacarrillo vistió el hábito de San Francisco. Y estos datos del artículo, a su vez, proceden de una amplia obra de fray Pablo Manuel Ortega titulada «Chrónica de la Santa Provincia de Cartagena» datada en 1646. En el libro VIII, capítulo VIII de esta obra, el autor introduce la figura de fray Jerónimo de Villacarrillo afirmando: «De este venerable y santo prelado nos faltan las particulares noticias de sus gloriosos trofeos, ocasionándolo la distancia de los tiempos y de los países donde se obraron, que fueron en las distantísimas y dilatadas regiones del reino del Perú, palestra gloriosísima y teatro feliz de españoles triunfos». Sobre sus datos más personales, Ortega afirma que fray Jerónimo «fue natural de un pueblo del Obispado de Jaén, y sus reino, que cae en lo que comúnmente decimos la loma de Úbeda, y se llama Villacarrillo». Fray Jerónimo «vistió nuestro santo hábito en esta nuestra provincia de Cartagena (…) y fue un varón observantísimo y muy celoso del estado evangélico de su profesión».
Otro historiador, el franciscano peruano fray Diego de Córdova Salinas, publicó en 1651 una obra titulada «Crónica Franciscana de las Provincias del Perú» y en ella también hace referencia a fray Jerónimo, profundizando en la descripción de sus labores evangelizadoras pero sin aportar muchos más datos de sus antecedentes en España. Fray Diego de Córdova ofrece en su obra la información más importante sobre este villacarrillense y afirma que fue un religioso de gran prestigio y de extraordinaria influencia en los orígenes franciscanos de Perú. Es curioso observar como este franciscano afirma que fray Jerónimo fue miembro de provincia franciscana de Murcia y natural de Villacarrillo, pueblo situado «en la Mancha». Parece que el fraile peruano no se orientó demasiado a la hora de incluir a Villacarrillo en la región manchega.
         En el artículo de la revista «Cartaginensia» su autor transcribe dos cartas que fray Jerónimo escribe al Rey Felipe II de su puño y letra. Cotejando distintos datos aportados por otros investigadores y por el análisis de estas cartas se puede afirmar que fray Jerónimo nació en nuestro pueblo de Villacarrillo en 1516 o 1517. El padre Ortega dice que fray Jerónimo «con el deseo de ayudar a los operarios apostólicos que se fatigaban en los dilatados reinos que cada día se descubrían en el Nuevo Mundo, pasó a aquellas regiones por los años de 1540».Debido a la ausencia de datos y haciendo suposiciones, si nuestro paisano nació sobre los años 1516 o 1517, probablemente ingresó en el noviciado franciscano de Cartagena con la mínima edad canónica por entonces requerida, que era 15 años, y se habría ordenado sacerdote a los 24 años, marchando posteriormente a América para las labores evangelizadoras. Allí, las virtudes de fray Jerónimo, su celo sacerdotal, su humildad y sus cualidades para el gobierno hicieron que desempeñara varios cargos de importancia, llegando a ser comisario general de los franciscanos en el Perú. Fray Jerónimo de Villacarrillo también destacó por sus dotes de gran predicador, como lo atestiguan algunos de los cronistas de la época. El franciscano Mariano Errasti en su artículo «Los franciscanos y las misiones populares en América latina», publicado en el número 94 de la revista «Cuadernos Franciscanos» de Chile, cita a fray Jerónimo de Villacarrillo como uno de los predicadores ilustres de la orden. También participó en el importante Concilio Limense III, celebrado de 1582 a 1583.


LA RENUNCIA AL OBISPADO DE TUCUMÁN

          La presencia de nuestro ilustre paisano fue decisiva para la organización de la evangelización y para la estructuración jurídica de la orden franciscana en las tierras del nuevo mundo. Por sus destacadas cualidades, el villacarrillense fue propuesto para ser obispo de Tucumán por el rey Felipe II. El historiador Ortega nos dice en su obra: «Bien satisfecho y enterado de los servicios de este gran varón, de su mucha sabiduría y mayor santidad, el señor Felipe II le envío el año de 1568, con el Virrey Francisco de Toledo, una cedula de un obispado». Pero nuestro paisano rehusó el ofrecimiento de ser obispo. Las razones que dio al Rey para rechazar este ofrecimiento las describe en una carta que le envió desde Perú el 30 de Enero de 1577. Dice así «Don Francisco de Toledo, virrey en este Perú, me dio los despachos de Vuestra Majestad sobre el obispado de Tucumán y la merced que Vuestra Majestad me hace es muy grande, por la cual beso muchas veces humildemente las manos a Vuestra Majestad. Deseara yo grandemente que la edad y fuerzas no me tuvieran imposibilitado de poder servir en ello a Vuestra Majestad, pero mi edad es mucha, porque paso de sesenta años y las fuerzas pocas, porque he gastado treinta años en estas tierras, ocupándome en visitarlas de ordinario desde Quito a las Charcas, que son seiscientas leguas, porque los oficios en que la orden me ha ocupado lo requerían. Paréceme que lo que resta a la vida, Vuestra Majestad será servido pues Nuestro Señor de ello se servirá en que me ocupe en lo que toca a mi mismo en reparar el estrago que la mucha ocupación y negocios pasados me pueden haber causado y aparejarme para la cuenta que tengo que dar de mi, sin encargarme ahora de ánimas ajenas en obispado que de nuevo se ha de erigir y comenzar en él a fundar las cosas de la religión cristiana, lo cual todo entiende que sobrepuja mi posibilidad. Por lo cual suplico humildemente a Vuestra Majestad, sea servido de me haber por escusado en la aceptación de la merced que se me hace, que es muy crecida y permitir que en mi religión acabe lo poco que queda de la vida, que en ello puedo servir mucho a Vuestra Majestad». En otra carta suya, fechada el ocho de marzo de 1578, fray Jerónimo de Villacarrillo alega: «cada día me siento con menos fuerzas y suficiencia; y para aquel obispado de Tucumán fuera menester menos edad y mejor disposición, porque la iglesia no está erigida ni hay nada asentado, ni bien ordenado así en lo temporal como en lo espiritual».
          Definitivamente, nuestro paisano renunció a la mitra de Tucumán en una mezcla de cansancio por los muchos años empleados en la evangelización de aquellas tierras, por su avanzada edad (llegar a los sesenta años en aquellos tiempos ya era una edad considerable) y fundamentalmente (como han puesto de relieve algunos historiadores) por su humildad, que le impediría ostentar tan altos ministerios eclesiales. El padre Huélamo, historiador franciscano, afirma que fray Jerónimo de Villacarrillo renunció al obispado de Tucumán «con humilde y religioso desinterés». Otros historiadores, como Gil González Dávila, afirman que fray Jerónimo de Villacarrillo no sólo fue obispo electo de Tucumán, sino que también fue consagrado. Lo cierto es que el obispado de Tucumán fue erigido por bula papal en mayo de 1570 y que el Papa San Pío V instituyó como obispo a fray Jerónimo de Villacarrillo. Tras la renuncia de nuestro paisano, el Papa Gregorio XIII nombró obispo a fray Diego de Albornoz en el año 1574, pero este falleció antes de asumir el cargo. Se considera a fray Francisco de Victoria como el primer obispo de la diócesis de Tucumán, comenzando su pontificado en 1576.


FRAY JERÓNIMO , DEFENSOR DE LOS INDIOS

          Otra de las facetas de nuestro ilustre paisano fue la de gran defensor de los derechos de los más necesitados y muy especial de los indios que a menudo eran oprimidos por los colonizadores españoles. Fray Jerónimo se opuso al sistema de la mita, que era un sistema tributario de trabajo personal aplicado por los españoles. Los pueblos indígenas tenían que prestar una parte de su población a este servicio que, aunque fue rigurosamente regulado por las normativas, habitualmente era mal usado, especialmente en las obras de las minas. Fray Jerónimo también participó activamente en la controversia sobre la legitimidad de las encomiendas o sobre la licitud de los excesivos tributos que debían pagar los indios. Sobre este tema, el historiador Córdova Salinas nos dice que fray Jerónimo de Villacarrillo «era muy celoso del bien de los indios, procurándoles siempre los bienes eternos de sus almas y el alivio posible para sus cuerpos. Siendo comisario general de su religión en el Perú no quiso firmar ciertas tasas que cierto Virrey había hecho de los indios, por parecerle no tenían la justificación debida».
         Fray Jerónimo no tuvo problemas en enfrentarse a los poderosos para ponerse de parte de las justas reivindicaciones de los débiles. En esta defensa de los indios, siguiendo la estela de otros religiosos evangelizadores del nuevo mundo, hasta incluso escribió al rey Felipe II informándole de los abusos que se cometían contra los más pobres. En una carta, redactada en la ciudad de Guanuco el 25 de Julio de 1575, fray Jerónimo explica con todos los detalles al Rey estas situaciones de injusticia.
        En definitiva, acercarnos a la biografía de este ilustre hijo de Villacarrillo, (al que además se le conoció siempre por el nombre del pueblo que le vio nacer) debe ser motivo de satisfacción para todos los que hundimos nuestras raíces en este querido pueblo. Fray Jerónimo de Villacarrillo: sacerdote franciscano, evangelizador, defensor de los pobres, es para nosotros un modelo de persona comprometida con los derechos de los más débiles, un ejemplo de vida gastada en la predicación del Evangelio de Cristo en las tierras de América, un hombre de nuestro pueblo que bien merece ser conocido y valorado. Sirva este artículo de esta apreciada revista de la asociación de amigos de la historia de Villacarrillo para rendir un sencillo tributo de reconocimiento a este villacarrillense ejemplar
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Antonio Garrido de la Torre
Párroco de San Eufrasio de Andújar y
Director del Centro de Estudios Teológicos de Jaé
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