VILLACARRILLO COSTUMBRISTA:
EL DÍA DE JUEVES SANTO |
La mañana de Domingo de Ramos es fría. Junto a las puertas del templo de Santa Isabel de los Ángeles, la iglesia del Hospital, la refrialdad se suaviza al quedar la calle al carasol de la estrella diurna. Hogaño la Semana Santa viene temprana. Caminan juntos San José y Domingo de Ramos y coinciden en este frío día marceño de finales de los sesenta, que roza una primavera que llega de puntillas. En el interior, se prepara la salida de la procesión de Las Palmas. Manolo Mosca, el sacristán del templo, revestido de sotana y alba, se mueve de aquí para allá dando órdenes, con su voz atiplada, a los chavales que portan los palmitos, pequeñas palmas, algo más menudas que las que investirán de dignidad y vistosidad el cortejo. Palmas, estas, grandes, poderosas, que no han tomado el verde propio del ramaje de la palmera de la que han sido desgajadas, al haber estado preservadas de la luz, atadas bajo otras en la copa del árbol. Extendidas sobre el pequeño altarcillo que queda frente a la puerta de entrada, Feliciano las va vendiendo una a una. A su lado un hombre deshoja una de las palmas y trenza artísticamente las finas hojas, formando varias cruces doradas. La campana de la espadaña anuncia con un volteo incesante que sale la procesión. Detrás, la banda de música acompaña el cortejo bajo la batuta del maestro don Francisco Herrera Cano; años atrás lo hacía la banda de los hermanos de Ánimas, dirigida por don Miguel Ángel Roa Leal.
Dos filas de palmas bamboleantes, claras como el sol de la primavera que se estrena, se encaminan calle abajo, hasta la Plaza de Serrano Sanmartín para enfilar, a la derecha, la calle Primera Bandera de Córdoba. Obligadas por la estrechura de la calle, se abrazan unas a otras hasta que entran en la Plaza de los Caños. Plaza ceñida al oeste por el camarín del Cristo de la Salud, que la cierra a ese viento y deja paso a la calle del Ministro Benavides, la Carretera, y a los barrios de la Carnicería y del Arco Bajo, por un umbral sombrío, un puentecillo sobre el que descansa el oratorio de Jesús del Campo. Contorno estigmatizado en las retinas de los naturales. Queda atrás la centenaria plaza y enfila el cortejo la pendiente de la calle Iglesia hasta llegar al atrio de templo, en la Puerta del Sol; la llamada del sacerdote, con varios golpes sobre el portalón de la entrada, reminiscencia de un ceremonial secular, hace que se abran las puertas de par en par permitiendo el acceso de la comitiva al templo y que comience seguidamente la misa in palmis, con la lectura de la Pasión. Años atrás, la ausencia de una imagen que pregonara la entrada de Jesús en Jerusalén, hacía que transcurriera la procesión por los alrededores del templo parroquial.
Domingo de Ramos, umbral de la Semana de Pasión, rememorativa del final dramático de Jesucristo.
El sol radiante de la mañana de Jueves Santo irrumpe sin freno por las vidrieras de la iglesia parroquial y difumina la tiniebla dispuesta por la noche; oscuridad que no se disipa hasta que la estrella se levanta sobre el horizonte y encauza sus líneas luminosas. Las bóvedas, que vierten sobre la nave central escenas de la vida y pasión de Jesús, adquieren a la claridad solar la viveza con la que las iluminó Pedro de Raxis (?-1626), pintor de murales de notable influencia italiana, que visitó la villa en el año 1580. En las naves laterales los arcos elevados por Andrés de Vandelvira, al dictado de un gótico ya tardío, abrigan menguadas bóvedas, que guardan bajo la blancura de su superficie, pinturas del artista muralista, invisibles a los sentidos, decoradas al igual que las de las bóvedas centrales, con columnas, frisos, balaustres, figuras humanas, etc., todo ello representativo del estilo manierista, a caballo entre el Renacimiento y la Época Barroca. En una de estas bóvedas, junto al camarín de nuestro patrón, por encima de la clave del arco gótico, aguarda latente la figura de un Cristo amarrado a una columna, representación de la imagen que reverencia la cofradía que hoy procesiona y que ostenta la titularidad en este día tan preclaro.
Desde temprano hay un bullir presuroso en el templo. Los tronos forman alineados en ambas naves laterales, confrontados unos con otros. Las flores humedecidas en varias cubetas, en el ánimo de alargar su frescura, aguardan al lado de las columnas para ser colocadas a los pies de las imágenes. Las tulipas, envueltas en papel de periódico, salen de las cajas de cartón que las reservan el resto del año, y ocupan su lugar fijo en el trono, preservando el parpadeo del carbonizado pabilo de las velas, del atrevido aire ocasional.
Un trozo de tela blanca, inmaculada, se prende sobre el paño esculpido que sostiene en sus manos la imagen de La Verónica, ya colocada sobre las andas, velando el rostro de Cristo, hasta que se produzca el encuentro, quedando en el lienzo estampado. Una a una se van encajando las velas en las tulipas que bordean el trono del Cristo de La Expiración, imagen enclavada en una cruz de palo fuerte, que se levanta sobre un montecillo calco del Gólgota. La imagen reclinada de Jesús de la Columna, queda en medio de dos jarrones de bronce con azucenas blancas, rodeada de unos primorosos ramos de flores pálidas; artísticamente le amarran con unas cuerdas las manos, pasando el cabo por el cuello de la imagen, que termina anudado a la argolla prendida a la columna. Se estira, hasta rozarle los pies desnudos, el manto de terciopelo del Nazareno que espera el toque de una campana de palo, para preparar su salida. En la nave opuesta, San Juan sujeta en la mano derecha la palma de Domingo de Ramos, artísticamente entretejida en el súmmun del barroquismo, por Lucía Moreno Navarrete, la señorita Lucía; su mano izquierda, con el dedo señalando, nos indica que va en busca del Maestro. Se arreglan los ramos de olivo de la imagen del Cristo de la Oración del Huerto, deteriorados tras la procesión de la noche anterior; Jesús se reconforta con la presencia del ángel a la espera de la traición de Judas que, por treinta monedas de plata, ha delatado la presencia del galileo en el Huerto de los Olivos. En el trono de Jesús Caído, cuatro angelotes arrodillados en cada uno de sus vértices, custodian la imagen; en medio hay una piedra redonda sobre la que apoya su mano derecha un Jesús abatido, tras caer por vez primera. La urna en la que ha reposado el cristo yacente de la hermandad del Santo Entierro, al bajarlo de la cruz, ha quedado colocada sobre el trono, los hermanos limpian con esmero los cristales del artístico féretro hasta dejarlos diáfanos, como si no existieran. Está rodeada de mujeres la Madre de Jesús, la Soledad; resaltan la belleza serena de esta imagen dolida, llorosa, pues sus ojos parecen fuentes y cruzan su pecho con un puñal y cubren su figura con el enorme manto negro, de luto. Las cruces del templo aparecen cubiertas desde el Miércoles de Ceniza, por un velo morado, conformando un rombo peculiar, y en tal disposición permanecerán hasta Domingo de Resurrección, en que quedarán liberadas de tal reserva. A mediodía ha concluido el trabajo de las cofradías. Ahora queda en la iglesia junto a cada confesionario una fila de fieles, ininterrumpida desde la tarde del Miércoles Santo. El arreglo del monumento ha concluido. Palmas, tafetanes rojos, ramos de flores blancas. Con sus velas encendidas, el monumento instalado en la capilla de la Virgen del Rosario, invita al recogimiento.
Este día de Jueves Santo, ha sido siempre uno de los días más solemnes, por los grandes misterios que se traen a la memoria. En otros tiempos se celebraba en este día, con la mayor solemnidad, la institución de la Eucaristía, pero luego la iglesia juzgó que esta celebración se hallaba poco exaltada en un día que está también consagrado a la memoria de la Pasión, por lo que a mediados del siglo XIII, se creyó conveniente trasladar la fiesta del Santísimo Sacramento al jueves infraoctava de Pentecostés, a fin de poder celebrarla con toda la magnificencia y solemnidad que exige el excelso Misterio. He aquí, pues, el origen de la festividad del Corpus Christi. A pesar de esto, para que los fieles tengan presente el Misterio de la Eucaristía, que Jesucristo instituyó el día antes de su Muerte, permite la Iglesia que en los templos se erija un monumento a la Eucaristía, y los fieles recorren las iglesias visitando estos monumentos o sagrarios. En el monumento, en una arquita a manera de sepulcro, se coloca la segunda hostia que se consagra en la misa de hoy, y se reserva hasta los oficios del Viernes Santo, en que se consume. Antaño la cera del monumento era costeada por el Concejo de la Villa, que en un acuerdo capitular reseña: «En atención a que este Concejo es Patrono del Convento del Santo Cristo de esta Villa de la Orden de Nuestro Padre San Francisco y de obligación el dar la cera del Monumento de dicho Convento del Jueves Santo, y en conformidad de lo que ha sido y hay costumbre se libren en los propios del Concejo los maravedís que fueren necesarios para el gasto de cera de dicho Monumento y lo demás necesario como se ha dicho hasta aquí». Lib. Capt. Año de 1673, Folio 25 vtº. Línea 24. Archivo Municipal de Villacarrillo.
La manducatoria en estos días estará lejos del consumo de carne y demás alimentos proteínicos; se basará en comidas en las que predominará el bacalao en las más diversas variedades de preparación: encebollado, frito, en albóndigas, en tomate; también los huevos rellenos, habichuelas fritas, arroz, ensaladilla, ensalada de pimientos, espárragos, collejas. La madre dedica toda la mañana por entero a la cocina, preparando los platos que se consumirán el jueves y el viernes santo.
Tras la comida de mediodía sigue el aseo y arreglo para asistir a los oficios. La ropa nueva está extendida sobre las camas. El traje negro, la camisa blanca y la corbata también negra. El traje de chaqueta, el velo, la rebeca. Los chavales tienen preparados los zapatos de charol negro y suela de tocino que brillan como el vidrio y son tan deliciosamente flexibles que apenas si se advierten; los pantalones cortos azul marino, sostenidos por unos tirantes sobre la camisa blanca, que queda adornada con una pajarita verde oscura, salpicada de diminutos lunares blancos, ceñida al cuello con una goma elástica, de tintirigoma.
Antes de los oficios acude la chiquillería a la Plaza de los Caños, pues en la caseta del turronero, plantada en el interior de la plaza, se puede comprar desde el producto estrella: el turrón, hasta alguna que otra chuchería como garrapiñadas de fabricación propia, frutos secos, una amplia gama de caramelos, también unas manzanas recubiertas por una oscura capa de azúcar tostá (sic), o una golosina de color rojo, con forma de pimiento, espetada en un palo verde que se ha puesto de moda por estas fechas; también el mucilaginoso paloduz cortado en trancas, a las que se les ha quitado la corteza de una de las puntas para ofrecer su frescor amarillento y hacer más fácil la degustación; también despacha pequeñas pelotas de plástico con apariencia de balón futbolero, sujetas por una goma que se anilla al dedo; y pistolas de agua, prestas a llenarse en la Fuente de Los Caños, en el umbroso rincón. Cristóbal Montoro Jiménez, el turronero de Baeza, mantiene la caseta instalada en medio de la plaza desde las navidades pasadas hasta que transcurra la Feria de Mayo; en ella vive la familia como si se tratara, y así lo es, del propio domicilio. Al sol de las tardes invernales la esposa, Dolores, sentada en una silla baja, zurce y cose delante del puesto, sin perder por ello la atención del mismo. A lo largo de una cuerda, llevada desde el extremo de la caseta hasta la cercana farola, ha tendido la ropa que acaba de lavar en un barreño, que coloca sobre la barbacana circundante a la plaza y aguarda hasta que sol y aire enjuguen su humedad. Los hijos del turronero, Antonio y José Antonio, para no perder su instrucción, acuden como alumnos transitorios a la clase de don León, en las cercanas Graduadas de Niños y se integran plenamente en la chiquillería que de forma multitudinaria acude a la Plaza, aprovechando el solaz y el recreo que ofrece el recinto.
Comienza los Santos Oficios de Jueves Santo, oficios con Lavatorio, Sermón del Mandato y traslado procesional del Santísimo al Monumento. El oficiante, don Cristóbal Moreno Magaña, rememorando el lavatorio de Jesús a sus discípulos tras la Última Cena, lava los pies a una docena de bullangueros chavales que visten túnicas blancas recogidas en la cintura con un cíngulo, cruzadas desde el hombro izquierdo por una banda de raso morado; del mismo color se rematan los puños de las túnicas. A partir del gloria de los oficios de esta tarde hasta la Resurrección, callan las campanas y suena la matraca, cajón de tablas, en el que unos mazos colgantes, producen al girar un ruido peculiar, que sustituye al sonido de las campanas. Concluye el ceremonial y se dispone la salida de Jesús de los Azotes. Los hermanos salen de la iglesia en ordenadas hileras y se sitúan en los aledaños del templo, para iniciar el desfile procesional de penitencia y recogimiento. De uno de estos hermanos, Cristóbal Martínez Martínez., “Tobalillo”, que permanece silencioso, aguardando la salida de la imagen, prendiendo la vela encajada en la tulipa, resalto el fervor y la devoción que profesa a esta hermandad. En su trabajo, expendiendo gasolina en el surtidor plantado al final de la calle Gómez de Llano, únicamente libra esta tarde de Jueves Santo: antiguamente para participar en la ceremonia del lavatorio, cuando los apóstoles de esta ceremonia eran personas mayores y ahora para vestir la túnica granate y la capa blanca de penitente y acompañar la imagen de Jesús de la Columna.
Se aparta el grupo de bancos y queda un pasillo transversal a la nave central, por el que avanza el trono. Para su gobierno se aprovecha el chasis de un vehículo inservible, y para su desplazamiento la fuerza motriz que la generosidad y abnegación de algunos hermanos de paisano y varios chavalotes, aplican a la estructura del trono. Una cohorte de soldados, vestidos a la usanza de aquellos romanos que dominaban Galilea en el tiempo de Jesucristo: coraza de chapa, casco del mismo material rematado por un penacho rojo y celada, casaca roja festoneada en verde, medias y alpargatas de las que parten unas tiras de tela que, entrelazadas, suben hasta las rodillas, espera en formación con las lanzas enhiestas junto al Puerto Montes. Al mando de la cohorte va el capitán, “el Capitán de los Romanos”, Francisco Simón Sánchez, “Simón”, que desfila delante del escuadrón y destaca sobre los demás por su roja capa, la brillante espada desenvainada al hombro y por las revueltas que da sobre si mismo durante el desfile; molinetes que producen el flameo de la capa como si de una bandera al viento se tratara y suscitan el regodeo de los concurrentes. Abre el grupo un soldado pretoriano portando el guión, símbolo del senado romano. La banda de cornetas y tambores, ataviada como la soldadesca, va por delante y marca el paso al toque de una marcha lenta y llena de monotonía, que se rompe de vez en cuando con el toque chillón de las cornetas.
Recorre la comitiva la Avenida del Generalísimo, llega a la Cruz de los Caídos, bordea el monumento y desciende la pina cuesta, para coger la calle del Ministro Benavides en su intersección con Calvo Sotelo; sigue hacia abajo hasta encontrarse a la izquierda, con la calle de Vandelvira que conduce al cortejo hasta la puerta de la Umbría, por donde se recoge a los acordes marciales del himno que interpreta la banda municipal. Ya de noche, se inicia la visita a los Monumentos. Una nutrida formación de la Cruz Roja local, a paso militar, a las órdenes de su teniente, Pascual Navarrete de la Torre y cuya presencia deja patente su abanderado Gaspar Díaz Santafosta, acompaña al cura párroco y autoridades, en la visita a los altares eucarísticos: Parroquia de La Asunción, Santa Isabel de los Ángeles, Eucarísticas y Hermanas de la Cruz.
Se consume la noche, se abre la madrugada de un día de dolor. Las distintas secciones de Adoradores Nocturnos organizan el orden de los turnos de vela en los monumentos de las capillas mencionadas. En la parroquia quedan los hermanos del Santo Entierro, revestidos de túnica y capurucho, arrodillados ante la urna acristalada, velando el cuerpo de Jesús. La madrugada se estremece con el sonido doliente del Cante de Pasión en boca de los Pasionistas, que pregonan en sus letras la tragedia que se prepara para el día de tribulación que se inicia y que cuando agonice, dejará en un montecillo a las afueras de Jerusalén, las siluetas de tres cruces vacías, recortadas sobre un cielo iluminado por la luna de Nisán.
LETRAS DE CANTES DE PASIÓN |
La Verónica mujer,
viendo a Jesús angustiado,
tres veces le limpió el rostro,
quedando en el lienzo estampado. (109) |
Entre juncos y una fuente,
un carpintero cortó,
una cruz de palo fuerte,
que hasta el Calvario llevó,
aquel Cordero inocente. (11) |
Le amarran con unas cuerdas,
le pegan con disciplinas,
y en la cabeza le ponen,
una corona de espinas. (219) |
Ya viene el señor San Juan,
con el dedo señalando,
porque ha visto a su Maestro,
que lo están crucificando. (152) |
¡ Oh Jesús de Nazareno!
qué triste campana tienes,
una campana de palo,
que la tocan en un Viernes. (98) |
Treinta monedas de plata,
dieron por nuestro Señor.
¡Ay, que prenda tan barata,
siendo de tanto valor!. (13) |
En la calle de la Amargura,
hay una piedra redonda,
que la puso Jesucristo,
para subir a la Gloria. (47) |
Envuelto en seda y lino,
al bajarlo de la cruz,
en un entierro divino,
sepultaron a Jesús. (33) |
Detrás del sepulcro va,
la estrella más reluciente,
sus ojos parecen fuentes,
llorando de soledad. (45) |
Qué hermoso está el Monumento,
con sus velas encendidas,
mujeres que estáis dentro,
despertar si estáis dormidas,
y adorad al Sacramento. (6) |
Francisco Coronado Molero
Villacarrillo, 9 de febrero de 2007 |
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